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“Ustedes, los españoles, han ido demasiado rápido. Les espera un retroceso muy doloroso ¿40 años?”

“Me lo dijo un taxista en Milán a principios de abril: “Ustedes, los españoles, han  ido demasiado rápido, demasiado lejos. Sin industria básica, con un agricultura poco competitiva, que subsiste a base de subvenciones comunitarias; con un turismo caro, en términos globales, y con la única baza de la especulación inmobiliaria, el batacazo que les espera es tremendo. España, país que visito con frecuencia desde hace más de 40 años, porque mi mujer nació en Valencia, puede experimentar un retroceso de al menos 40 años. Quizá más.” No entré al trapo, me encogí de hombros. He comentado esta estampa cierta con muchos amigos. Al principio, la mayoría descargaba contra la pedantería milanesa, pero conforme pasan los días y los mercados arden por los cuatro costados; la gente saca el dinero de los bancos (más de lo que se dice); las huelgas se multiplican y, en definitiva, el Estado de Bienestar se desmorona, parte de esos mismos amigos asume la palabrería del taxista milanés y dan por hecho un retroceso histórico de España, una vuelta al pasado. Y más si la Intervención  llega, como parece que va a llegar…”

“¿30, 40, 50 años? ¿Cómo se vivía entonces? ¿Es posible la entrada en el túnel del tiempo? Mis hijos, como los hijos de la mayoría de los que ya hemos pasado la frontera de los 50 años, no saben nada del ayer. Algunos, muchos tampoco saben del ahora. Jóvenes desnortados, una generación perdida…”

“Es imposible extrapolar hábitos y comportamientos de mi generación, porque hace 50 años la España Rural lo abarcaba todo, de tal modo que lo que pueda contar aquí puede ser vivencia compartida para unos o chirriar de oídos para otros. En la España de los 70 había ricos y pobres, como en la España de ahora. En la España de los 70 familias e individuos sólo se endeudaban, y muy poco, para comprar vivienda, que es justamente lo contrario de lo que sucede ahora…”

“Mis padres, una familia campesina muy humilde, nunca fueron de vacaciones. Hasta hace muy poco, muchos españoles viajaban de aquí para allá con créditos. El agua corriente llegó a mi casa cuando yo ya estaba estudiando en Madrid. Muy poco antes compraron una televisión y una nevera. Mi juventud la pasé sin televisión y sin nevera. Además ¿para qué? La corriente eléctrica iba y venía a su antojo. Muchas noches las pasábamos a la luz de las velas..”

“Nunca tuve juguetes. Con los botes de la leche condensada Aly, limpios como la patena de tanto lamerlos, montaba camiones y tractores. Una caja de zapatos de cartón atada a una cuerda servía de remolque. un día, al salir de la escuela encontré una caja circular de madera donde el tendero había vendido sardinas saladas (arenques). Me encogí dentro y salí rondando hasta la carretera ¿Carretera?: era una franja negra difusa rodeadas de piedras y de tierra. Una mujer loca me dijo que estaba loco. Con trozos de rueda quemada jugábamos a los vendes (vendís, podría ser la acepción de ahora). Con las cubiertas de las cajas de cerillas o con los primeros cromos de futbolistas, jugábamos en la pared descamada de la iglesia vieja: se trataba de montar un cromo o estampa encima de otro…”

“Mis padres compraron una bicicleta que utilizaba mi hermano mayor para ir a trabajar. Un día le robé la bicicleta. No alcanzaba a los pedales. Me deslicé cuesta abajo de un camino que rodea los huertos. A medio camino tropecé con una piedra. Salté por los aires. Rompí la bicicleta y mi pierna izquierda quedó malherida (aún me lo recuerda los cambios del tiempo). Había un médico para seis o siete pueblos. Ni me escayoló ni me dio árnica, agua milagrosa. Estuve dos meses tumbado en un raído sofá. Dos meses sin ir a la escuela…”

“En mi casa nunca desayunábamos. Con una taza de porcelana acudía todos los días a la escuela. Si podía me lleva azúcar. No todos los días sucedía eso y, mucho menos, el colacao o similar con el que aparecían algunos, pocos, críos. Bebíamos leche en polvo americana. Había maestros y maestras, buenos y malos, cultos e incultos. Incluso perversos. En el invierno cada chico llevaba su propio tarugo de leña para la estufa de la escuela…”

“Con apenas cumplidos los 10 años recogíamos colillas de tabaco, rubio y negro, en unos bares que había en las orillas del pantano, que luego vendíamos a los viejos del pueblo. Un día me fumé lo que no tenía que fumar. Vomité y creí morir. Me metí en la cama. Mi madre me arropó y no dijo nada. Uno de mis amigos de entonces, y de ahora, se está muriendo. Dicen que por culpa del tabaco. Si ha de ser así, pido que no sufra…”

“En mi casa, comíamos todos los días potaje de judías. Unas veces con tocino, otras con chorizo de la matanza conservado en orzas de barro, otras sin nada. Cenábamos patatas asadas, huevos. Cuando caía enfermo, con mucha fiebre, mi madre me compraba plátanos, en lo que era un gasto excepcional. Cambiábamos huevos de nuestro corral por chocolate y otras fruslerías en las tiendas del pueblo. Antes de ingresar en el Seminario, que era la única forma de acceder a estudios superiores en los pueblos, comíamos pollo de corral con arroz todos los domingos. Al finalizar la siega comíamos cordero. También, y únicamente, en Navidad, porque los corderos los vendían mis padres para satisfacer otras necesidades. Teníamos dos huertos que nos abastecían de patatas, tomates, pimientos y demás para todo el año…”

“Los domingos nos lavábamos en una palangana. Mi madre me untaba el pelo de brillantina. Los mozos iban por la tarde a una especie de salón de baile. A los más pequeños no nos dejaban entrar. Los mozos se emborrachaban con un licor de menta. Al anochecer descargaban sus pasiones, se hacían pajas en las tapias de los corrales de las afueras del pueblo…”

“Mi padre me llevaba a lomos del burro Palomo a la feria del pueblo próximo. Un día me caí del burro cuando abrevaba en la fuente. Me curaron las heridas con un paño metido en vinagre. No había médicos. (50 años después aún tengo clavado el dolor dentro). Iba a la feria con pantalones llenos de remiendos heredados de mis hermanos. Comíamos mi padre y yo en una venta plagada de gitanos, que intentaban vender a buen precio burros, mulas, acémilas, galgos, podencos. Con una perragorda pasaba el día (mirando, claro, de un sitio a otro) entre puestos de turrón, almendras garrapiñadas, puestos de tiro, que siempre erraban el blanco (fallas más que una escopeta de feria)…”

***

“Los dos primeros años de Universidad pasé hambre en Madrid, porque la beca no me llegaba a final de mes. Pero había expectativas de que todo iría a mejor, como así fue. Hoy, la expectativa es que todo va a ir a peor…”

“A finales de los 90 y principio de los 80, la Bolsa de Madrid negociaba menos de 100 millones de pesetas diarios. Falta de volumen, apatía, desinterés, desgana, aburrimiento, etc. eran los términos que utilizaban los cronistas de Bolsa de la época. Estuvimos muchos años leyendo que la Bolsa estaba barata, como ahora. No hubo OPA, como ahora tampoco las habrá…”

 

Firmado: Damián López. Economista. 54 años

http://lacartadelabolsa.com/leer/articulo/ustedes_los_espanoles_han_ido_demasiado_rapido._les_espera_un_retroceso_muy

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