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Valoraciones

A no ser que se trate de valorar cosas cono la resistencia a la tracción de un acero, valorar es un ejercicio complicado, difícil, interpretativo, un ejercicio en el que la tentación de arrimar el agua a un cierto molino es elevada. Algo así sucede con los ejercicios de valoración de la victoria electoral del 20 N.

 

De entrada una matización: pienso que el Partido Popular no venció en las elecciones del 20 N: fue aclamado por el pueblo. No estamos hablando de una mayoría simple o de una mayoría raspada, lo que se produjo el pasado Domingo fue, casi, la entronización de unas siglas en un entorno político sin sombra ni discusión. Fue una victoria espatarrante debido a que con el segundo clasificado media un abismo y una galaxia con el tercero. Tan enorme es la diferencia con todos los demás partidos que alguien podría verse tentado a decir que no es que España sea un país bipartidista, sino que lo es de partido único. Y, además, eso vino a continuación de unas elecciones regionales que fueron por una senda parecida. Hasta aquí lo incuestionable, ahora vayamos más allá de medir la resistencia del acero.

Unos resultados como esos, pienso tras haber hablado con algunas personas, un grupo que cualquiera que sepa algo de Estadística definiría como muestra no representativa, sólo se producen cuando la población, la ciudadanía, los votantes esperan un milagro; cuando ninguna de las medicinas que le han administrado a un enfermo le ha curado y por ello ahora apuesta por la sanación milagrosa. Repasen los resultados electorales.

Las personas con las que he hablado estaban hartas de promesas: ‘El trimestre que viene’, ‘El próximo semestre’; lo estaban de ver como menguaba cada vez más su capacidad de consumo, de oír que más de sus amigos pasaban a engrosar las listas del desempleados; de saber que más conocidos se ven forzados a sumergirse en la economía negra; de ver que para sus hijos, de haber algo, es la precariedad laboral; de no saber si el mes que viene van a poder pagar las cuotas de lo que deben. Son humanos, y por ello han buscado un culpable, pero no a alguien culpable de haber tomado tal o cual medida, sino un culpable total, con mayúsculas, una bestia parda en la que descargar toda su frustración, sin tener en cuenta nada, sin considerar nada, y la han encontrado: el Gobierno en curso y el partido político del que procedía.

Y como a la mayoría de la gente le gusta votar y como la mayoría de la población está convencida de que su voto puede ser decisivo, han votado a alguien suficientemente potente como para arreglar-las-cosas, han votado a alguien con potencia para devolverles a la situación en la que se hallaban ellas, ellos y España hace cinco años. De las charlas que he tenido con las personas con que he hablado del 20 N -ninguna de las cuales eran Premios Nobel-, lo que he deducido es que las y los votantes -con las y los que yo he hablado- que el pasado Domingo votaron a favor del partido que venció, lo que votaron fue ‘volver a lo de antes de la crisis’. Punto, sin ninguna matización o consideración.

¡Ojo!, no lo critico: cada uno es muy libre de escoger las razones que cree oportunas para elegir su opción de voto, pero en las lecturas que después se hagan de los resultados sí son fundamentales las razones escogidas. Si la razón ‘Voto a estos para que volvamos a lo de antes’ ha sido privativa de las personas con las que he hablado, el hecho se convierte en una anécdota; pero si esta razón es mayoritaria para los más de diez millones de votantes que eligieron al partido vencedor España tiene un problema y el partido vencedor también lo tiene.

Todos los países se hallan inmersos en una crisis sistémica estructuralmente semejante a la Depresión, una crisis de la que se saldrá sustituyendo el actual modelo por otro, como entonces, una crisis que ha desembocado en una situación en la que no se crece porque no se puede crecer debido a que se hallan agotadas las vías de crecimiento, una situación en la que se van a tener que adoptar medidas brutales, inconcebibles hace media década, medidas que van a tener que explicarse, situación en la que se va a tener que priorizar, elegir, decidir; en el reino, claro, y en todas partes.

Si el partido que en España venció el 20 N venció tras realizar quienes le votaron un proceso de análisis profundo de costes y beneficios, de posibilidadesn y de realidades, genial: existe base y sustrato para abordar lo que vaya a tener que abordarse, pero si las elecciones del 20 N fueron la aclamación de un grupo en la creencia de que ‘Con estos volveremos a estar bien’, ‘Houston, tenemos un problema’: todos, y el partido vencedor lo tiene supermayúsculo.

¿La herencia del pasado?, horrible, ¿y…?. Cuando quien ahora va a gobernar estuvo en la oposición no dijo lo que tenía que haber dicho, vale, ¿y …?.

Es decir, en esta línea argumental la victoria por aclamación sería eso: la esperanza de que quienes han sido aclamados posibiliten a quienes han aclamado volver a vivir bien, pero NO acometer todas las podas que eso-que-se-denominan-los-mercados exijan a los aclamados acometer. Y recordemos: no se crece y podemos olvidarnos de crecer a las tasas a las que hasta ahora se ha estado creciendo, cosas que a los acreedores, a los nuestros y a todos en general, les importa un rábano: lo que quieren es tener la seguridad de que van a cobrar, de ahí la poda que va a llegar y que sus aclamantes pueden no aceptar.

No sé, el tiempo dirá, pero mal tema es que ya se esté empezando a correr que en el 2013 van a haber nuevas elecciones debido a que el -nuevo- Gobierno ‘se va a quemar en dos años’. Mal tema porque la crisis y sus efectos van a durar bastante más que eso. Y sí, eso reforzaría lo del Gobierno de concertación, pero, de momento, el tema es Taboo, que escrito así queda más exótico.

Santiago Niño-Becerra. Catedrático de Estructura Económica. IQS Scholl of Management. Universidad Ramon LLull.

http://lacartadelabolsa.com/leer/articulo/valoraciones

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